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¿Cómo se describe un vino correctamente?

Respuesta rápida

Describir un vino sigue una secuencia lógica: primero el análisis visual (color, limpidez, brillo), luego olfativo (aromas primarios, secundarios y terciarios) y finalmente gustativo (dulzor, acidez, taninos, cuerpo, alcohol, finish). No se necesita vocabulario técnico para empezar: la honestidad sensorial es suficiente.

Respuesta detallada

Una de las barreras más frecuentes entre el vino y el gran público es el miedo a no tener las palabras correctas para describir lo que se está bebiendo. «Sé que me gusta, pero no sé cómo explicarlo» es una frase que cualquier sumiller habrá escuchado centenares de veces. La buena noticia es que describir un vino es una habilidad que se aprende, y el vocabulario básico es mucho más accesible de lo que parece.

El análisis de un vino sigue una estructura de tres tiempos, como un buen relato:

Primero, la vista: inclina la copa sobre un fondo blanco (una servilleta, un mantel) y observa el color. ¿Es rubí, granate, violáceo, amarillo pálido, dorado? ¿Tiene brillos anaranjados (signo de envejecimiento en los tintos)? ¿Es limpio o turbio? ¿Tiene densidad visual?

Segundo, el olfato: acerca la nariz sin agitar primero para capturar los aromas más volátiles, luego agita y vuelve a oler. Intenta identificar aromas en tres categorías: primarios (de la uva y la fruta: fresas, cerezas, limón, mango, lavanda); secundarios (de la fermentación: mantequilla, pan tostado, vainilla ligera); terciarios o bouquet (de la crianza: cuero, tabaco, cacao, trufa, especias, tierra). En español tenemos un vocabulario aromático riquísimo heredado de la tradición culinaria mediterránea.

Tercero, el paladar: saborea el vino y percibe por este orden: ¿es dulce o seco? ¿La acidez es alta o baja? ¿Los taninos son suaves o astringentes? ¿El cuerpo es ligero como el agua o denso como la leche entera? ¿El alcohol está integrado o quema? ¿Cuánto dura el sabor después de tragar (la longitud o finish)?

El vocabulario llegará solo con la práctica. Y en España tenemos la ventaja de una cultura sensorial extraordinaria: quien sabe describir un buen jamón ibérico, un aceite de oliva virgen extra o un queso manchego tiene ya la mitad del camino recorrido para describir el vino.

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