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¿Por qué el suelo influye en el sabor del vino?

Respuesta rápida

El suelo es el fundamento del terroir: influye en el drenaje del agua, el calor almacenado, los minerales disponibles para la vid y el estrés hídrico que determina la concentración de la uva. Los grandes terruños — pizarra del Mosel, caliza de Borgoña, granito del Priorat — producen vinos con una mineralidad y una personalidad que el clima y las técnicas nunca pueden replicar.

Respuesta detallada

El concepto de terroir — esa combinación intraducible de suelo, subsuelo, clima, exposición y mano del hombre — es el fundamento filosófico de la visión europea del vino. Y en ese concepto, el suelo es quizás el elemento más tangible y más directamente perceptible en la copa.

El suelo influye en el vino a través de varios mecanismos físicos y químicos. El primero es el drenaje: los suelos con buen drenaje (gravas, arenas, pizarras) obligan a la vid a hundir sus raíces en profundidad para buscar el agua del subsuelo — un estrés hídrico moderado que concentra los aromas en la baya. Los suelos arcillosos pesados retienen más agua y producen uvas más voluminosas y menos concentradas, aunque la arcilla cálida aporta suavidad y redondez.

El segundo mecanismo es el almacenamiento de calor: los suelos oscuros (pizarra negra del Priorat, basalto de la Sierra de Gredos) absorben más calor diurno y lo restituyen durante la noche, alargando el período de maduración. Los suelos blancos o muy claros (caliza, cuarcita) reflejan la luz solar hacia el racimo, añadiendo luz sin añadir calor excesivo.

El tercer mecanismo — el más debatido científicamente — es la transferencia mineral directa: ¿puede una raíz de vid absorber minerales del subsuelo y «trasladarlos» al vino hasta hacerlos perceptibles en la copa? La ciencia moderna es escéptica sobre la transferencia directa de minerales inorgánicos a aromas. Lo que sí está establecido es que el pH del suelo (ácido en granito y pizarra, alcalino en caliza) influye en el metabolismo de la vid y por tanto en los ácidos orgánicos y aromas de la uva.

Las grandes expresiones del terruño son las más convincentes para cualquier escéptico: la pizarra azul del Mosel produce Rieslings con una tensión ácida y una nota de petróleo (kerosene) envejecido que ningún otro suelo replica. La caliza de Chablis da al Chardonnay esa mineralidad de sílex y ostras que es su firma inconfundible. El granito del Priorat imprime en la Garnacha y el Cariñena una densidad y una «explosión» de color y estructura que la misma cepa en suelo llano nunca alcanza.

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