¿Qué vino maridar con un gratinado de pasta?
Respuesta rápida
Para un gratinado de pasta, elige un tinto de cuerpo medio con buena acidez: un Barbera, un Chianti o, en vinos españoles, un Mencía o un Tempranillo joven. Si el gratin es muy cremoso o con bechamel, un blanco con madera (Chardonnay con barrica, Rioja blanco crianza) también funciona bien.
Respuesta detallada
El gratinado de pasta es un plato de comfort food por excelencia: cremoso, generoso, fragante con el queso gratinado y reconfortante en cualquier estación. El maridaje con vino requiere tener en cuenta varios elementos: la salsa (de tomate, bechamel o mixta), el tipo de queso y la intensidad general del plato.
Si el gratinado lleva una salsa de tomate como base —pasta al forno, lasaña bolognesa, macarrones gratinados con carne— la acidez del tomate es la clave del maridaje. Los vinos con buena acidez natural son los mejores aliados, porque «resuenan» con la acidez del tomate en lugar de chocar con ella. El Chianti Classico italiano es la referencia clásica, pero en clave española un Tempranillo joven de Rioja, un Garnacha de Campo de Borja o un Mencía del Bierzo funcionan igualmente bien, con notas de fruta roja y una acidez fresca que limpia el paladar.
Si el gratinado es más cremoso —con bechamel abundante, queso Gruyère o Emmental, sin tomate— el perfil del vino puede cambiar hacia lo blanco. Un Chardonnay con ligera madera, un Rioja blanco crianza o un Viura de Navarra aportan una cremosidad y una riqueza que dialogan perfectamente con la textura del plato. La clave es evitar los blancos demasiado ligeros y ácidos, que pueden resultar discordantes junto a la untuosidad de la bechamel.
Los gratinados con setas —champignons, boletus, shiitake— tienen una dimensión umami muy marcada que pide vinos con cierta complejidad: un Rioja Crianza, un Pinot Noir delicado, o incluso un blanco oxidativo como un Jerez Amontillado o un Manzanilla pueden crear maridajes sorprendentes y memorables.
En la cocina mediterránea española, los gratinados de pasta son populares en toda la franja levantina y catalana, donde la tradición de combinar pasta con vino del país —un Cava brut para los gratinados más ligeros, un Priorat para los más contundentes— refleja siglos de sabiduría gastronómica local.