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¿Qué vino va con las crêpes?

Respuesta rápida

Las crêpes son un lienzo culinario: las saladas (jamón, queso, setas) piden un blanco de Borgoña o un Muscadet, mientras que las dulces (mermelada, Nutella, azúcar) se acompañan de un Cidre Breton, un Champagne demi-sec o incluso un Moscatel suave. La Bretaña tiene sus respuestas propias: la galette de sarrasin pide cidre, siempre.

Respuesta detallada

Las crêpes bretonas son un capítulo aparte de la gastronomía francesa: la galette de sarrasin (trigo sarraceno) salada y la crêpe de froment dulce son dos platos distintos que piden bebidas distintas. En Bretaña, la respuesta tradicional a las galettes es siempre el cidre — esa bebida de manzana ligeramente fermentada, fresca y manzanosa, con sus burbujas naturales. El cidre Breton Brut (seco) es el maridaje histórico más auténtico para una galette complète con jamón, huevo y queso Comté.

Dicho esto, cuando se trata de vino, las reglas son claras según el relleno. Para una galette salada de setas y queso de cabra, un Muscadet Sèvre et Maine sur lie — ese blanco del Loire fresco, mineral y con una suave cremosidad de la crianza sobre lías — es perfecto: su acidez limpia cada bocado. Un Chardonnay de Borgoña sin madera (Mâcon-Villages, Pouilly-Fuissé joven) tiene la textura ideal para acompañar el queso fundido.

Para una galette de salmón ahumado y crème fraîche, un Riesling de Alsacia seco con sus notas de lima y piedra húmeda, o un Chablis Premier Cru con su mineralidad calcárea, son elecciones sobresalientes. El salmón ahumado y el vino mineral se entienden a la perfección.

Para las crêpes dulces, la acidez del vino seco se convierte en un problema: un vino más seco que la crêpe de Nutella o de caramelo salado resultará agrio y desequilibrado. Aquí entran el Champagne demi-sec (con 32-50 g/l de azúcar residual), el Moscatel de Valencia — aromático, dulce, con notas de flor de naranja — o incluso un Riesling Vendimia Tardía del Alsacia para una crêpe Suzette flambeada con Grand Marnier.

En España, las crêpes encuentran su pariente directo en los filloas gallegas (finas, de sangre o harina) y en los crepes catalanes. Para las filloas, un Albariño joven o un Mencía rosado de Galicia son las respuestas de terroir más lógicas. La conexión atlántica entre Bretaña y Galicia no es solo histórica: también funciona en la copa.

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